¿Os acordáis de 2008? Hace tan sólo cuatro años. El Partido Socialista ganó las elecciones por segunda vez. Zaragoza estaba sumida en la celebración de una Exposición Internacional. Yo me emancipé, cambié de trabajo, inicié este blog,…
Hace tan sólo cuatro años, ¿y qué le ha pasado a la psicología colectiva? De eso quiero escribir. De por qué hace cuatro años todo era perfecto y hoy, pese a que hemos ganado en experiencia, en vivencias, pese a que hemos tenido buenos momentos y muchos tenemos lo que queremos, me siento en una espiral de trabajo, relaciones y afectos. De por qué este invierno sabe todavía mucho más a fracaso y huele a rutina.
Tengo la sensación de que las vivencias personales de la gente que hay a mi alrededor saben también a todo eso. Tengo la sensación de que nos han metido en la cabeza que las cosas van mal y que mal vivimos, que no hay muchas esperanzas, que nos tenemos que conformar con lo que tenemos. Y gracias. En todas las conversaciones se habla de lo mal que están las cosas: el trabajo, el poco dinero que tenemos, los esfuerzos que hay que hacer para continuar hacia adelante.
En mi entorno laboral no se habla de otra cosa que del fracaso, del recorte final que cualquier día de estos nos dejará a todos en la calle. En las plazas sólo se habla de paro. En los círculos políticos, está la maldad de un nuevo Gobierno que nos ha robado la ilusión. En los círculos asociativos la cosa también está muy mal y las ilusiones desprendidas de esa fobia que tienen los que mandan al asociacionismo. En marilandia se habla del casi ya prosperado Recurso de Inconstitucionalidad contra el matrimonio igualitario.
Tengo la sensación de que, en todos los sitios, el mensaje pesimista se ha instalado para no irse nunca. No sabemos hasta qué punto nos vamos a rendir, pero la verdad es que todos pedimos a nuestra virgencita que nos quedemos como estamos. Ya ni nos proponemos mejorar, simplemente permanecer, estar, hasta que mantener lo que tenemos se convierte en una rutina que, ya no sólo nos impide avanzar, sino también nos impide vivir, sentir, disfrutar,…
¿Qué ha pasado en estos cuatro años en la psicología colectiva? Y lo que es peor, ¿quién está detrás de esta sensación y con qué intereses? ¿Hemos interiorizado ya que todo va a ir a peor y que no merece la pena ni siquiera esforzarse porque vaya a mejor?
Querida, apreciada y nunca suficientemente valorada Excelentísima Señora Ana María Botella Serrano, Alcaldesa de Madrid:
No debería resultarme a estas alturas curioso que una política de su talla, que ha sido nada menos que Concejala de Acción Social del Ayuntamiento más grande del Estado español quiera ahorrarse unos dinerillos públicos a costa del trabajo desinteresado de la ciudadanía, ni mucho menos que desconozca la definición de la palabra Voluntariado (la primera letra con mayúscula), ni mucho menos que la forma en la que su Gobierno genere empleo sea cubriendo puestos públicos por la patilla.
Yo me pregunto a estas alturas, sinceramente, si se ha creído que somos gilipollas o que nos han parido a pedos, si se piensa que somos tan estúpidos de ir a solucionarle la papeleta. Puede empezar a solicitar empleados gratis entre los militantes de su propio partido, o entre los funcionarios que su Gobierno central ha subido dos horas y media de jornada laboral, a ver si les resulta interesante colgar tejuelos en los libros por la cara bonita mientras usted sigue cobrando del erario público el sueldo de tres o cuatro auxiliares de biblioteca que podrían estar realizando ese trabajo.
Precisamente su sueldo, que no es el sustento de su familia, cuyo cabeza, a la sazón ex-Presidente del Gobierno, cobra un sueldo vitalicio en calidad de miembro del Consejo de Estado y alguna calderilla por dar clases en un pésimo inglés en Georgestown. No puede su marido, por cierto, estar más agradecido de habernos metido en una guerra que acabó con 192 vecinos suyos muertos, de cuyas desgracias todavía hoy culpan a un Partido Socialista que todavía no estaba ni pensando en gobernar desde algunos medios que financian y sustentan poniendo publicidad institucional autonómica en emisiones estatales con el mismo dinero público que podrían estar dedicando a comprar libros para dotar las bibliotecas que supuestamente no pueden pagar.
Le propongo que sea usted la primera en dar ejemplo de sus propuestas y renuncie a su sueldo, haciendo un esfuerzo positivo por los ciudadanos en estos difíciles tiempos. Sea usted Alcaldesa Voluntaria. Suena raro, ¿verdad? No se preocupe: los alcaldes y alcaldesas de muchos municipios pequeños entienden mejor que usted qué es eso de entregarse voluntariamente en la gestión de los servicios públicos y no cobran ni un duro ni siquiera en dietas desde hace muchos años.
Pese a todo, lo que más me preocupa, sin lugar a dudas, no es la increíble capacidad que tiene de manipular y de salir alegremente en los medios diciendo gilipolleces sin que le caiga la cara de vergüenza. Lo que de verdad me preocupa es el concepto que toda una Alcaldesa, en el concepto que una persona que ha sido responsable del área de Voluntariado del Ayuntamiento más potente del Estado, tiene del voluntariado y de la participación ciudadana. ¿Quién se ha creído que es usted para decir que la ciudadanía organizada, el tejido asociativo, el pensamiento crítico que construye el cambio social, sólo sirve para pegar tejuelos en los lomos de los libros? Señora Botella, háganos un favor: lea, documéntese, entienda qué es lo que la ciudadanía pide en cuanto a participación e intervención social, en cuanto a colaboración ciudadana y activismo y después, por favor, hable. Hacer por la sociedad, como usted dice, no es sinónimo de ahorrarle unos millones a un Ayuntamiento endeudado hasta las cejas por cumplir la gigantesca función social de soterrar el tercer cinturón.
Por último, permítame aprovechar la ocasión para dirigirle unas palabras que siempre he querido decirle y nunca he tenido ocasión: métase sus peras y manzanas por el culo.
Visto en Público: Botella propone cubrir servicios públicos con voluntarios.

Creo que hoy para muchos, desayunarse los 186 diputados del Partido Popular no va a ser tarea fácil. Como tampoco lo va a ser desayunárselos en los 1461 días que, como mínimo, van a ser los representantes de todos los ciudadanos del Estado en las Cortes Generales. 186 motivos para desaparecer de la vida pública de este país, para vivir en las rutinas.
Desde luego que los diputados del PSOE en la anterior legislatura tampoco eran los que animaran durante los anteriores 1461 días a desayunar de una forma blanda, pero la dureza de los desayunos que nos va a traer el Partido Popular no es, para nada, comparable.
Como decía, no han sido los 192 que predecían las encuestas más halagüeñas y hay motivos para la esperanza: nos enfrentamos ante la más aplastante mayoría absoluta de la Historia de la democracia en España. Ni siquiera la de Aznar fue tan holgada. Pero bien es cierto que también nos enfrentamos al Parlamento más plural de la Historia: PP-UPN, PSOE, CiU, IU-LV-CHA-ICV, Amaiur, UPyD, PNV, ERC, BNG, CC, Foro Asturias, Equo y Geroa Bai. Muchas siglas para un poder tan poco repartido. Los ciudadanos hemos roto la perversión del sistema ante el bipartidismo. Y más plural que podría haber sido.
La verdadera reflexión no fue el sábado. La verdadera reflexión es hoy. Y cada uno de los 1461 días que nos quedan hasta ir a las urnas de nuevo. Mientras tanto, siempre nos quedarán las calles y las ilusiones, que nunca nos las arrebatarán ninguno de los 350 diputados.

Maldigo con todas mis fuerzas a Allen Carr, aquel visionario que se le ocurrió la bendita idea de escribir un libro titulado “Es fácil dejar de fumar si sabes cómo“ y los vendió como rosquillas, engañando a millones, no ya de fumadores, sino de amigos, parejas, padres, hijos de fumadores que pensaban que iba a ser el no va más.
Incluso mi tío me recomendó el dichoso método Carr. A él le funcionó. Yo leí el libro, vi el documental y, pese a todo, no lo conseguí. Sigo pensando que lo más efectivo en mi caso para dejar de fumar son frases del estilo “Si fumas tus besos saben a cenicero” o “Fumando no tendrás dinero para darte algún capricho”. Que, por otro lado, son más ciertas que la azulidad del cielo.
El caso es que sigo queriendo fumar. Y como sigo queriendo fumar, pues caigo. Si estoy en casa, estoy tranquilo: no hay tabaco cerca, pero en cuanto salgo, me vuelvo como un loco pidiendo tabaco. El resultado es que, desde que “dejé de fumar” el viernes, me habré fumado algo más de quince cigarrillos, ninguno mío eso sí, que he ido pidiendo tanto a conocidos como a desconocidos. Sólo me faltaba hacerlo con cara de yonki y en chándal de táctel.
Las mañanas son, como esperaba que lo fueran, los momentos críticos. A la vista queda que puedo pegarme toda la tarde encerrado en casa sin acordarme de que existe el tabaco, pero en cuanto salgo de casa… ¡las ganas de fumar me llenan y me embriagan! ¡Todo son estímulos para fumar!: el café, la cena, pasar por la puerta de un bar y ver a la gente fuera dando caladas a ese relajante, antiestresante y ansiolítico palito.
Sin embargo, me resisto a comprar tabaco. No quiero comprar tabaco, porque comprar un sólo paquete es dar por hecho que he fracasado en mi intento de dejar de fumar. Mi valoración, al final de todo esto, es que he hecho una vez más el canelo. Y encima, esta vez, os lo he contado a tod@s. I am the worst.
Pero pese a todo, hay algo en mi interior que me dice que no tiene todo por qué estar perdido, que todavía tengo el convencimiento en algún lugar profundo de mi interior de que estoy dejando de fumar.
Así que voy a darle la vuelta a la historia. No he dejado de fumar, todavía lo estoy haciendo. Me remito a la realidad: a mi no me vale la estrategia de dejarlo de golpe. Voy a probar con ir olvidándome del tabaco poco a poco.
Sobre todo porque ahora seguramente me eche algún pitillo, pero estoy seguro de que esta tarde lo sobrellevaré mejor.
En el momento en el que pinche en publicar me voy a fumar el último cigarrillo de mi vida. Ha llegado el momento.
He de reconocer que, a lo largo del día, algunos de los cigarrillos que me había propuesto fumar me los he fumado sin ganas. Especialmente los de la tarde. Y algunos otros de los que me he fumado me han sabido a poco. Tengo algunos hábitos con respecto a fumar que va a ser difícil abandonar. No es natural fumar cada dos horas aproximadamente, como me había propuesto hoy, pero es cierto que he fumado menos, pues el último paquete me ha durado más de veinticuatro horas, cosa rara.
He tenido varios momentos de flaqueza a lo largo del día, uno de ellos me ha hecho adelantar uno de los cigarrillos previstos. Y en el otro, he podido superar el momento utilizando chicles, caramelos o pipas. Los mayores momentos de flaqueza, los que el cuerpo me ha pedido tabaco han sido dos: los desplazamientos en autobús y los momentos de después de comer o tomar café. Así que dos van a ser las claves importantes en los primeros días de dejar de fumar:
a) Usar la bici en los desplazamientos. Además, el cansancio de después de hacer deporte me ayudará, sin dudarlo, a no recaer.
b) Tener preparados chicles, pipas, caramelos, chupa-chups o similares para después de las comidas y los cafeses.
…y sobre todo:
c) Las mañanas: esos momentos de flaqueza en los que el tabaco entra como si fuese agua.
La verdad es que para este último punto todavía no tengo ninguna estrategia elaborada. Aunque, viendo la distancia entre mi casa y el cajero, la mejor estrategia será no tener pasta cerca durante las primeras horas de la mañana.
Hoy he tuiteado todos mis pasos, pensamientos y andanzas con respecto al tabaco. El mejor de todos ha sido ese en el que he contado el tiempo que llevaba fumando: 14 años y 4 meses, día arriba, día abajo. Empecé a fumar en torno a julio de 1997, en un campamento. Lo hice para ganarme la aprobación de algunos compañeros, que hay que ser gilipollas. Y luego molaba eso de hacerse el mayor, hasta que me hice mayor con el tabaco cogiéndome la mano. Cinco mil doscientos treinta días fumando, que a razón de paquete diario han hecho un total de 104600 cigarrillos (que incluso serán más). Hay estadísticas que dicen que cada cigarrillo resta 11 minutos de vida. Yo he perdido 2,18 años de vida según esa estadística.
A partir de ahora inicio una nueva vida sin las “cosas chungas del tabaco” y espero que la gente que tengo cerca se involucre en ella para recordarme por qué estoy haciendo todo esto. Os lo pido de corazón.